
Cuestión de Estado, Tono y Abandono
La Diplomacia del Insulto y la Crisis Educativa
El uso sistemático del agravio en el frente externo y la estigmatización de la prensa conviven con el repliegue del Estado en la educación pública. Un análisis sobre los límites de la investidura presidencial y la complicidad política.
Por Ricardo Huarte
Asistimos a un escenario político donde los límites de la investidura presidencial parecen haberse desdibujado en nombre de una confrontación permanente. La alta diplomacia, la representación de la patria en el exterior y el respeto por el libre ejercicio de la prensa atraviesan horas inéditas, marcadas por un estilo que dista fuertemente de las mejores tradiciones de la prudencia de Estado.
Desde que asumió la primera magistratura, el presidente Javier Milei ha hecho del agravio y de la descalificación personal una herramienta recurrente de comunicación pública. Lo que en un principio pudo ser interpretado como la vehemencia propia de la contienda electoral, se ha consolidado en el ejercicio del poder como una dinámica diaria que afecta de manera directa las relaciones internacionales de nuestro país. El uso desmedido de epítetos denigrantes, adjetivaciones subidas de tono y una calculada frialdad verbal al referirse a las más altas autoridades de naciones hermanas y potencias globales, exponen una notoria falta de tacto, diplomacia y sentido común.
Representar a más de 45 millones de argentinos en foros internacionales, cumbres bilaterales y encuentros de alto nivel no es una tarea personal ni un ejercicio de catarsis ideológica. Es un deber constitucional que exige templanza, sobriedad y la comprensión cabal de que la política exterior condiciona el comercio, la producción, los acuerdos económicos y el trabajo de nuestras provincias. Cuando se insulta a mandatarios del resto del mundo con descalificativos que rozan la agresión personal, no se afecta únicamente la figura de un líder extranjero: se compromete el prestigio de toda la Argentina y se ponen en riesgo alianzas estratégicas construidas durante décadas.
"La firmeza en las ideas no requiere de la chabacanería verbal ni del atropello de las formas. La representación de un país exige templanza y visión de Estado."
Esta conducta no solo ha generado el repudio lógico y frontal de los diversos sectores de la oposición. Lo verdaderamente sintomático y preocupante de este tiempo es la postura de los sectores aliados y de las fuerzas políticas denominadas «dialoguistas». Aquellos bloques institucionales que han mostrado predisposición para acompañar reformas legislativas e instrumentos de gobierno, marcan hoy un límite ético e institucional rotundo. Distintos referentes parlamentarios, diplomáticos de carrera y gobernadores afines han manifestado, de manera abierta o entre líneas, su profundo malestar e intranquilidad ante un estilo que no acompañan y que consideran nocivo para los intereses geopolíticos de la Nación. Existe una coincidencia generalizada: la firmeza doctrinal no justifica el deterioro de la convivencia democrática ni de la imagen internacional del país.
A la par de este frente externo convulsionado, el ámbito interno no resulta menos preocupante. De manera paralela al uso de descalificaciones hacia la prensa independiente —hacia aquellos periodistas y medios que, haciendo honor a su oficio, se animan a investigar, cuestionar y mostrar la realidad objetiva de lo que sucede—, el país padece las consecuencias de prioridades distorsionadas. La libertad de prensa y el derecho a la información son pilares esenciales de la democracia; amedrentar o estigmatizar al periodismo crítico debilita la calidad institucional de cualquier República.
Sin embargo, el síntoma más doloroso de este tiempo radica en el vaciamiento y el abandono estructural de la educación pública. Asistimos a un repliegue dramático del Estado Nacional en el financiamiento educativo, en la inversión tecnológica, en el sostenimiento de nuestras universidades y en la infraestructura escolar. Y en este punto, la responsabilidad no es exclusiva de la Casa Rosada: resulta sumamente complejo entender el silencio y la complicidad de muchos gobernadores provinciales que, ante semejantes indiscreciones verbales y decisiones de ajuste, eligen la pasividad o el acompañamiento ciego por mera especulación política. El abandono de la escuela, del docente y de los estudiantes es una herida abierta que compromete no el presente de una gestión, sino el futuro de varias generaciones de argentinos.
Un país no se conduce con eslóganes virulentos ni descalificando al que piensa distinto. La Argentina necesita serenidad, estrategia internacional, respeto a la verdad periodística y, por sobre todas las cosas, un compromiso ineludible con la educación de su gente.
La realidad está a la vista de todos. Las consecuencias de cada gesto y de cada palabra terminan impactando en el día a día de nuestro pueblo. Como sostengo habitualmente desde nuestro espacio periodístico: ustedes saquen sus propias conclusiones.
Fuente: www.fmcosmos.net.ar