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No a la modificación regresiva de la Ley de Glaciares

La causa

No a la modificación regresiva de la Ley de Glaciares

La causa

No a la modificación regresiva de la Ley de Glaciares: defender el agua hoy es defender el futuro.

Hay una decisión que hoy se discute en el Congreso y que puede tener consecuencias graves y permanentes para el país: la modificación de la Ley de Glaciares.

En el siguiente link podes ingresar y firmar la petición en defensa de los glaciares. sumate, se protagonista y acompañanos, difundiendo en tus redes sociales  https://c.org/HpL2JR2Ghv

La Ley de Glaciares fue sancionada en 2010 para proteger los glaciares y el ambiente periglacial como reservas estratégicas de agua. Esa protección no es abstracta: garantiza el acceso al agua de millones de personas, sostiene economías regionales, preserva biodiversidad y cumple un rol clave frente al cambio climático. Por eso fue defendida durante años por la comunidad científica y organizaciones sociales y ambientales. Por eso fue resistida por sectores económicos poderosos. Y por eso la Corte Suprema de Justicia ratificó su plena constitucionalidad en fallos claros.

Hoy, ese marco está siendo puesto en riesgo por una iniciativa del Poder Ejecutivo.

La reforma propuesta (y que ya tiene dictamen en el Senado) cambia el núcleo de la ley. En lugar de proteger glaciares y ambiente periglacial de manera directa, establece que solo estarán protegidos si pueden “demostrar” una función hídrica relevante. En otras palabras: lo que hoy está protegido de forma automática y permanente pasaría a ser condicional, revisable y potencialmente excluido.

Este cambio no es neutral. Reduce las áreas protegidas, debilita el Inventario Nacional de Glaciares como herramienta científica y traslada a las provincias la decisión sobre qué glaciares o geoformas continúan protegidos y en cuáles se pueden habilitar actividades extractivas. Así se abre la puerta a desproteger ambientes frágiles sin debate público, sin criterios claros y bajo presiones económicas de corto plazo.

No se trata de un ajuste técnico ni de una corrección menor. Lo que está en juego es la protección del agua, de ecosistemas extremadamente frágiles y de una ley que la Argentina construyó con esfuerzo, consenso social y respaldo judicial.

La Ley de Glaciares no es una ley “proteccionista” en el sentido caricaturesco que se intenta instalar. No busca congelar la actividad productiva ni oponerse al desarrollo, sino asegurar las condiciones básicas para que todas las actividades (productivas, económicas y sociales) puedan sostenerse en el tiempo. Sin agua no hay minería, no hay agricultura, no hay industria, no hay economías regionales posibles.

En ese marco, el ambiente periglacial (áreas que rodean los glaciares) no es un tecnicismo ni una exageración ambientalista. Es el sistema natural que regula los ciclos de congelamiento y deshielo, recarga los ríos de montaña y garantiza el suministro de agua en regiones áridas y semiáridas. Es lo que permite la vida, la producción y el arraigo en vastas zonas del país. Desprotegerlo no favorece el desarrollo: compromete la seguridad hídrica de la Argentina en un contexto de crisis climática cada vez más evidente.

Esta reforma, además, contradice principios básicos del derecho ambiental. Implica un retroceso en los niveles de protección alcanzados, debilita el enfoque preventivo y reduce el rol del Estado nacional en la fijación de estándares mínimos ambientales, tal como lo establece la Constitución. También desconoce lo que ya señaló la Corte Suprema: ninguna interpretación es válida si vacía de contenido la protección de los glaciares y del agua como bienes de interés colectivo.

Dicen que esta modificación traería “seguridad jurídica”. La experiencia muestra lo contrario. La ambigüedad, la discrecionalidad y la baja de estándares no generan previsibilidad, sino conflictos, judicialización e impactos irreversibles. Cuando el daño ocurre sobre glaciares y sistemas hídricos de montaña, no existe reparación posible.

Decir no a esta reforma no es oponerse al desarrollo ni clausurar el debate. Si hay problemas en la aplicación de la ley vigente, el camino es mejorar su implementación y fortalecerla, no vaciarla de contenido ni convertirla en una norma simbólica sin efecto real.

Por todo esto, pedimos a las senadoras y senadores, diputadas y diputados de la Nación que no aprueben ninguna modificación regresiva de la Ley de Glaciares. Que respeten los fallos de la Corte Suprema. Que defiendan el agua como bien común y no como moneda de cambio.

Firmar esta petición es defender el acceso al agua, las economías regionales, el ambiente y el futuro.
Los glaciares no se tocan.
El agua no se negocia.
El futuro se defiende hoy.

 

 

 Los minerales que sostienen la tecnología de defensa  Desde radares y misiles hasta IA y submarinos nucleares, la superioridad militar del siglo XXI depende de una cadena silenciosa pero crítica: los minerales estratégicos. Su control redefine el poder global y expone nuevas vulnerabilidades geopolíticas.

La tecnología de defensa moderna ya no se define solo por el tamaño de los ejércitos o la cantidad de armas desplegadas. En el núcleo de la superioridad militar contemporánea hay un insumo menos visible, pero decisivo: los minerales críticos.

 Sin galio, germanio, litio, tierras raras o tungsteno, no existirían los radares avanzados, los misiles de precisión, los drones autónomos ni los sistemas de comando basados en inteligencia artificial. La guerra del siglo XXI se libra tanto en los campos de batalla como en las minas, las refinerías y las cadenas de suministro globales.

 

 

Sensores, radares y guerra electrónica

Los sistemas de detección y dominación electromagnética son hoy centrales en cualquier doctrina militar avanzada. Los radares AESA, los sistemas anti-interferencia y la guerra electrónica dependen de semiconductores compuestos y materiales de altísima pureza.

El galio es clave para los chips de nitruro de galio (GaN), esenciales en radares de última generación. El germanio se utiliza en óptica infrarroja y visión nocturna, mientras que el indio aparece en pantallas militares, sensores táctiles reforzados y sistemas de visualización en cabina. El silicio, aunque más conocido, sigue siendo la base de procesadores, sistemas de comunicación y electrónica crítica.

Aquí se juega una de las mayores tensiones geopolíticas actuales: China controla una porción dominante del refinado global de galio y germanio, minerales indispensables para la defensa occidental.

 

 

Misiles, sistemas hipersónicos y armamento avanzado

El desarrollo de misiles de largo alcance, armas hipersónicas y municiones de alta penetración exige materiales capaces de soportar temperaturas extremas, impactos cinéticos y estrés estructural continuo.

El tungsteno (wolframio) es central en penetradores y ojivas cinéticas. El titanio permite estructuras livianas y resistentes al calor, mientras que el níquel, el cromo y el molibdeno forman parte de superaleaciones utilizadas en motores, turbinas y componentes críticos.

La carrera hipersónica entre Estados Unidos, China y Rusia no es solo tecnológica: es también una competencia por asegurar el acceso a estos minerales.

 

 

Aviación militar y drones

Los aviones de combate de quinta generación y los drones autónomos concentran una enorme cantidad de minerales estratégicos por unidad.

El titanio es fundamental en aeronaves stealth como el F-35. El aluminio sigue siendo clave en estructuras, mientras que el carbono (grafito) se utiliza en materiales compuestos para reducir peso y firma radar. El litio alimenta baterías de UAVs y sistemas autónomos, y las tierras raras —como neodimio y disprosio— son esenciales para motores eléctricos de alta precisión y actuadores.

Cada drone moderno es, en términos materiales, una plataforma tecnológica intensiva en minería avanzada.

 

 

Comando, control, IA y ciberdefensa

La digitalización del campo de batalla transformó los centros de comando en verdaderos data centers militares. La Inteligencia Artificial aplicada a defensa, la fusión de sensores y la toma de decisiones en tiempo real dependen de infraestructura computacional crítica.

El silicio avanzado sustenta CPUs y GPUs militares; el tántalo se utiliza en capacitores de grado militar por su confiabilidad; el cobalto aparece en baterías de respaldo; el cobre en redes y transmisión segura; y el oro en contactos electrónicos donde el fallo no es una opción.

La guerra moderna, cada vez más, se decide en servidores tanto como en trincheras.

 

 

Submarinos, flotas y poder naval

En el ámbito naval, especialmente en submarinos, los materiales definen la supervivencia operativa. El níquel y el cobre son esenciales en aceros navales especiales y sistemas eléctricos. El titanio se utiliza en cascos resistentes a la presión extrema, mientras que las tierras raras alimentan sensores submarinos y sistemas de navegación inercial.

El control del fondo marino y de las rutas estratégicas vuelve a poner en primer plano la dependencia mineral de las grandes potencias.

 

 

Energía y disuasión estratégica

La disuasión nuclear sigue siendo un pilar del equilibrio global. El uranio continúa siendo central para armas estratégicas y propulsión naval nuclear. El torio aparece en proyectos de reactores avanzados, mientras que el boro se utiliza en blindajes contra radiación y control nuclear.

La energía, incluso en defensa, es un problema mineral.

 

Fuente: www.fmcosmos.net.ar

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